Ahora sé que el amor de mi vida soy yo.

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El amor de mi vida soy yo. 

Y decirlo en voz alta no es ningún acto de egoísmo ni de soberbia, es una reflexión que todos deberíamos interiorizar cada día como quien empieza sus mañanas con una buena taza de café.

No es egoísmo quien se atiende, quien resuelve sus miedos, quien sana sus heridas, quien deja atrás lo que le hizo daño para afrontar el mañana con optimismo y resistencia. Porque si yo estoy bien, seré capaz de dar lo mejor de mí mismo a los demás. Seré capaz de ser feliz y ofrecer felicidad.


No necesito ser mejor que nadie, no necesito tener lo que tú tienes. Me basta y me sobra con ser yo mismo, con ser el amor de mi vida para ofrecerte lo mejor que habita en mi alma tranquila, en mi corazón sereno carente de odios ni rencores. 

Aunque nos sorprenda, no resulta fácil llegar a este estado donde uno es capaz de amarse a sí mismo en plenitud y sin limitaciones. De algún modo, estamos casi acostumbrados a priorizar no sólo las necesidades de otros, sino que muchas veces, nos «apegamos» a cosas como si fueran nuestra única identidad: un trabajo, una casa, el dinero…
Hay muchas dimensiones que van cubriéndonos capa tras capa con una coraza que es el amor por uno mismo.

Porque nunca debemos olvidar que si tú estás bien, el mundo va bien. Si tus pensamientos, si tus emociones no vibran por esa armonía interna que es el respeto por uno mismo, tu realidad estará distorsionada.